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¿El cholo agringado o el gringo acholado?

22 Mar

Una vez más asistiré a votar, con cierta fe en mi candidato, que ha sido elegido obviamente, por conocimiento de sus propuestas y su hoja de vida y quizás como siempre, mi candidato no salga, es más quizás ni pase a segunda vuelta.

Desde que tengo uso de razón recuerdo que el pueblo siempre se queja porque nos gobierna la oligarquía, los pocos adinerados de siempre, pero también desde la primera elección presidencial que me acuerdo entre Vargas Llosa y Fujimori, el que ha elegido al Presidente del Perú, siempre ha sido el pueblo y no al revés. Ya que Fujimori era visto como el chinito trabajador, emigrante, en su tractor, contra un intelectual como Vargas Llosa que era el favorito de los sectores A y B. Lo mismo pasó con Toledo, que vendió su imagen como la reencarnación de Pachacutec, aunque haya estudiado en Harvard y esté casado con una belga, tampoco siendo éste el candidato de la clase media alta, sino de las masas quienes vieron en su candidatura el cumplimiento de una profecía.

Ahora, las cifras de las encuestadoras están más apretadas, que los órganos genitales de PPK y los medios de comunicación están más interesados no en el primer y segundo lugar, sino en el primero y el último. ¿Por qué? Porque quizás entre ellos hay más que una simple rivalidad, una ex amistad por lo menos laboral, ya que Pedro Pablo Kuczynski  fue el ministro de economía de Toledo en su anterior gobierno, sino también por la diferencia étnico/cultural entre ambos. Por un lado tenemos al gringo PPK, con doble nacionalidad, que su impronunciable nombre lo hecho usar siglas como ocurre con Kentucky Fried Chiken o Head and Shoulders, o que su tamaño (altura y zapatos) y color de piel (rosadito) lo convirtieron en “blanco perfecto” para las mal intencionadas tías del “Llaoca” y que cambiaron las cifras de las encuestas en nuestro país,  beneficiando sustancialmente a Kuczynski  reflejándose claramente en un A.C. y D.C. (Antes de los cojones y después de los cojones). Además, toca la flauta… ojo que no estoy hablando en doble sentido, sino que el tío también toca la flauta traversa; PPK ha adoptado como mascota al cuy Ppkuy, roedor oriundo, que simbólicamente también nos vuelve a recordar la virilidad de este longevo personaje.  En pocas palabras, PPK un gringo que se muere por ser cholo, que tiene una gran empatía con la gente de la selva y también con sorprendente aceptación con los reacios y desconfiados pobladores de Puno. En Lima ni hablar, le bastó con usar las redes sociales, para estar primero en la capital.

Por otro lado está Alejando Toledo, que estando arriba de las encuestas, lo único que ha hecho es bajar, (aunque sigue primero)porque su estrategia de atacar al que está último sólo ha beneficiado al agredido y encima con el dichoso examen toxicológico que se negaba a realizar, aceptando hacérselo después con un laboratorio que dijo que no realizaba ese tipo de pruebas y encima fue  de carácter privado;  con esto lo único que hizo fue reforzar la imagen de mentiroso y juerguero que ya tenía el Past President.  Los analistas mencionan que el jingle de su propaganda, lo hizo, lo hará, sólo le han restado puntos, ya que obliga a las personas a hacer memoria de las obras del ex presidente;  el problema es que la gente suele recordar más lo malo que lo bueno y Alejandro Toledo tiene muchas cosas (Eliane, Zaraí, primos, juergas, etc.) que la ciudadanía no quiere que vuelva realizar.

Sin embargo, es muy probable que Toledo se vuelva a reelegir, que PPK no llegue ni a segunda vuelta y que nuevamente no salga el candidato de la clase media alta, pero por lo menos el Perú habrá vivido una fiesta electoral como pocas, con cosas, más que políticas y serias, divertidas y ocurrentes.

Como dice el dicho, dime quién es tu presidente y te diré que clase de país tienes.  ¡A reír!

Sobre la choledad

16 Mar

Viendo una entrevista en el canal de YouTube de Luis Carlos Burneo (AKA Henry Spencer), comencé a reflexionar sobre este asunto de la choledad y el choleo en el Perú. Ante todo, es necesario decir que el tema de la choledad y el choleo tiene para rato y no puede tratarse de cabo a rabo en un artículo de blog. A esto agrego que no soy estudiante de antropología, ni de etnología, ni de sociología, ni vivo actualmente en el Perú. Sin embargo, me gustaría compartir mis impresiones al respecto, ya que considero necesaria una discusión clara, directa y sin tabúes del asunto, una que (muy para pena mía) no he encontrado aún.

Existen varias fuentes que hablan sobre la etimología de la palabra. En un artículo reciente de El Comercio leí que Martha Hildebrandt (una respetada lingüista peruana) decía que no se conocía exactamente su origen. Por otro lado, el Inca Garcilaso de la Vega explica que, durante la colonia, tuvieron que inventarse nuevas denominaciones para las nuevas razas que nacían del mestizaje y que así nacería el término “cholo”, el mismo que el Inca define de la siguiente manera: “Al hijo de negro y de india, o de indio y de negra, dicen mulato y mulata. A los hijos de éstos llaman cholo; es vocablo de la isla de Barlovento; quiere decir perro, no de los castizos (raza pura), sino de los muy bellacos gozcones; y los españoles usan de él por infamia y vituperio.” Siguiendo con la lista, la RAE indica que el cholo es el “mestizo de sangre europea e indígena” – con lo cual, por cierto, no especifica la generación del mestizaje. Otras fuentes que encontré indican que “cholo” se les decía más bien a los hijos de indio y mestiza o de india y mestizo (siendo el mestizo o mestiza un hijo de indio con española o al revés).

Todas las fuentes indican que el término se refiere, de una manera u otra, a una persona de ascendencia indígena sudamericana. Además, algo que quisiera rescatar del texto del Inca Garcilaso de la Vega es el hecho de que el término era originalmente utilizado con desprecio y que incluso se refería (según el Inca) a los perros que no son de raza pura.

Teniendo esto en cuenta en cuanto a lo que al origen de la palabra se refiere, quisiera referirme ahora a su uso, cuya historia es un poco más complicada. Lo que a mí me ha llegado a través de mi madre (sí, creo que sobre todo a través de ella) y también a través de la cultura en la que me he movido, es esto: el cholo es alguien de mal gusto o de costumbres y/o comportamientos de mal gusto o inapropiados (“Ay, no seas chola, cómo te vas a vestir así”, “Míralo cómo maneja, ¡cholo tenía que ser!”).

Vemos claramente que el vocablo ha sufrido una transformación semántica. ¿Cómo se dio esta evolución? La respuesta me resulta dolorosamente sencilla: idiomáticamente, hemos heredado la idea de que todo aquello proveniente de las razas nativas, todo lo que no es puramente español y que, consecuentemente, no es blanco, es de mal gusto.

De más está decir que este asunto se remonta al momento del choque entre las culturas europea e indígena. Es posible, si nos apoyamos en el texto de Garcilaso, que la palabra haya nacido durante la Colonia. Sin embargo, el desprecio que se esconde en ella es algo que viene desde antes: es un desprecio que nos llega desde que los españoles se encontraron con tribus de “salvajes incivilizados” a los cuales había que civilizar, desde que los curas cristianos debatían sobre si el indio tenía alma o no, sobre si valía la pena perdonarles la vida o no, y desde que decidieron hacerles creer a las nuevas generaciones indígenas (y mestizas) que la vieja cultura europea era, de lejos, mejor y más avanzada que la suya propia, destruida deliberadamente por aquellos conquistadores.

Muchos querrán (o a lo mejor sentirán incluso la tonta obligación moral de) refutar esto, porque suena y se ve muy mal que se diga que, en pleno siglo XXI, estemos prolongando un racismo centenario. Pero seamos francos: el término “cholo” ha evolucionado dentro un contexto social en el que gran parte del sector adinerado peruano puede remontar su tradición aristocrática (entiéndase: su riqueza y autoridad) a una ascendencia española. Vean nada más la lógica que guardaría el estereotipo: los ricos blancos, los cholos pobres; los españoles conquistadores, los indios conquistados. Y como ejemplo cortísimo, basta con preguntarles los apellidos a los habitantes de los asentamientos humanos y luego hacer lo mismo con las familias de San Isidro. ¿Dónde creen que encontrarán más Quispes, Chambis y Choques y dónde más Rodríguez, Mirós y Alvarados? Pues ya ven.

“La historia la escribe siempre el que gana la guerra.” Y en nuestro caso, ya que el idioma también nos lo impusieron, podemos pensar que fue la necesidad de los aristócratas (ex-conquistadores) de diferenciarse del pueblo física, jerárquica y, sobre todo, culturalmente, la que generó esa primera evolución semántica de la palabra que nos hace pensar en el cholo típicamente inculto, de mal vestir y de mal hablar, en el cholo típicamente de mal gusto, en el cholo típicamente pobre o incluso – en los casos más graves – en el cholo satanizado como traicionero y ambicioso. Aquí cabe mencionar que estos estereotipos se hallaron constantemente avalados por el hecho estadístico de que eran las personas de ascendencia indígena (o de ascendencia no española) las que típicamente han tenido menos acceso a la educación, a posiciones socio-económicas elevadas, etc.

Obvio, luego vino la independencia, la república, teníamos otras cosas más importantes en qué pensar. Pero igual seguimos usando el “cholo” hasta que sucedió algo curioso: las dos acepciones del vocablo se desprendieron y, por un lado, (creímos que) olvidamos la parte del racismo despectivo para quedarnos sólo con el significado de lo inculto, lo de mal gusto, lo malo. Por otro lado, nos quedamos meramente con la acepción racial de la palabra. De aquí que haya quienes dicen que “cholo” no es un insulto, que se refiere meramente al color de la piel, que es como decir “negro”, que a lo mejor antes, en los tiempos del racismo, era un insulto, pero que ahora no tiene por qué ser tomado a mal.

No lo desmiento: efectivamente hay quienes dicen “cholo” sólo para referirse a la persona de mal gusto, y hay quienes lo dicen para referirse a la persona de rasgos indígenas. El problema es que estos dos usos a veces se funden y se confunden. Un claro ejemplo es el blogger autodenominado “El Maestro”, quien se autoproclama no racista y escribe las siguientes líneas:

Cuando el cholo ignora su condición, es común que trate de ingresar a locales reservados para gente decente. (…) Mi perro orina en el inodoro y jala la palanca. Pero cualquier persona, y con mucha razón, prefiere que el perro no entre a su local, pues la mayoría de los perros no han aprendido este comportamiento socialmente aceptable (para los humanos, no para los perros). Fuera del hecho de que pocos cholos saben orinar dentro de la taza y ninguno jala la palanca, hay muchas razones por las que los dueños no querrán permitir el ingreso de indígenas en su local (sí, dije indígenas, no cholos; ver más adelante, y ver Preguntas Frecuentes). (…) El estado toma medidas similares en cuanto a la conducción de vehículos bajo efecto del alcohol. No todas las personas con alcohol en la sangre van a causar un accidente, pero es preferible no dejarles manejar porque estadísticamente causan más accidentes. De la misma manera, estadísticamente los indígenas en el Perú son más pronos a este tipo de conducta. Por ende, si eres uno de esos pocos indígenas que no son cholos, no te ofendas la próxima vez que te nieguen el ingreso a un local. Es por la seguridad de todos.

Como ya dije, hemos heredado idiomáticamente el concepto de que lo indígena es de mal gusto. Inconscientemente, aceptamos esa relación “lógica” y decimos “cholo tenías que ser” creyendo que nos referimos al cholo de mal gusto cuando, en el fondo, nos estamos refiriendo también al indígena, al que se le dice “cholo” por desprecio.

Ojo: no pretendo criticar a todo aquél que haga uso de la palabra “cholo” porque, efectivamente, su uso no siempre tiene que estar cargado de desprecio obligatoriamente. Ha habido una segunda evolución semántica que me interesa explicar. No sé cuándo se llevó a cabo, aunque yo me imagino que se dio casi inmediatamente después de la creación del vocablo “cholo” y que se propagó con los movimientos modernos de igualdad, de antirracismo.

Es ese uso del “cholito” con cariño. Y su evolución es muy fácilmente explicable: consiste en convertir un insulto en una palabra inofensiva y hasta afectuosa para 1) burlarme de quienes utilizan el insulto en mi contra y que éste así no me duela tanto y/o 2) para ayudarme a asumir más fácilmente mi condición de insultado. Sería equivalente a que yo y mis demás compañeros latinos en el extranjero empezáramos a llamarnos “sudacas” entre nosotros, con cariño y como una especie de burla hacia quienes nos discriminan utilizando el término despectivamente.

Lamentablemente, a pesar de los usos cariñosos e inofensivos del vocablo en cuestión, aún hay algo de tela por cortar, ya que yo no creo que el desprecio escondido en la palabra “cholo” se haya desvanecido por completo. Puede ser, en mi opinión, que se haya diluido en nuestro subconsciente y que siga ahí, latente, sin que nosotros lo notemos. Y es importante tomar consciencia de esto porque las palabras no son sólo palabras: nuestro idioma define, de una manera sutil, nuestra forma de pensar y de razonar. Y los lingüistas saben que mientras más sutiles sean las acepciones en un idioma, mientras menos se noten, tanto más profundamente arraigadas se encuentran en la mente porque ésta las da más por sobreentendidas. Y creo que éste es el caso del “cholo”.

En este aspecto, me gustaría ver que los medios de comunicación colaboraran más activamente en la superación de esta traba. Modelos de rasgos mestizos en los anuncios o diseños inspirados en patrones nativos serían ejemplos de que nuestros estándares estéticos se están moviendo y, como seguramente ya muchos lo han notado y dicho, un gran avance.

En el video que mencioné al inicio se dice que todos los peruanos llevábamos un cholo dentro. Más allá del hecho de que “el que no tiene de inga, tiene de mandinga”, no creo que él se haya estado refiriendo al sentido etimológico original de la palabra, sino al uso que le damos hoy en día: el cholo es aquél cuyos gustos y costumbres están impregnados de matices indígenas, de matices cholos pues.

En este sentido, ser cholo es tan bueno o tan malo como ser blanco, chino, negro, indio o lo que sea. La diferencia es que cada peruano tiene una herencia cultural que indiscutible e innegablemente engloba también esos matices amerindios. Todos tenemos algo de cholo. Y a mucha honra, sí señor.