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El dilema del traductor

23 Abr

Como les comentó Roberto con motivo de la publicación de mi traducción del Canto Coral a Túpac Amaru, uno de mis hobbies es traducir. Además de ser una afición – casi enfermiza – mía, la considero un asunto de lo más interesante y quisiera compartir con ustedes un par de impresiones al respecto.

¿Cuál es la receta para traducir? Básicamente, necesitamos tres ingredientes: 1) el texto en cuestión a ser traducido; 2) conocimiento suficiente del idioma en que fue escrito y 3) conocimiento suficiente del idioma al que lo vamos a traducir. Utilice un poco de sentido común y buen gusto para aderezar.

Claro que no es lo mismo traducir una canción que un manual de usuario, ni es lo mismo traducir un cuento que un anuncio de propaganda. Cada traducción tiene sus propias demandas: el texto legal exigirá la traducción más literal posible, el poema pretenderá conservar la rima y la métrica, lo mismo que las canciones, el cuento tendrá que transmitir las mismas sensaciones, y así. Mis favoritas son las así llamadas “traducciones literarias”, es decir, las de textos literarios (pues duh…). Y como mientras más cortos los textos, más fácil de abarcar visualmente resulta la traducción, es de imaginarse que termino traduciendo canciones y poemas más que nada.

Pero ¿por qué traducir? O, cambiando primero de perspectiva, ¿por qué leer una traducción? Digamos que me gusta, no sé, Khalil Gibrán. Yo, lamentablemente, no hablo árabe. Sin embargo, he escuchado grandes halagos a la belleza de los textos escritos por Khalil Gibrán y me gustaría conocerlos. De manera que no me queda más remedio que leer la traducción. ¿Y qué es lo que mueve al traductor? ¿Un sentimiento de solidaridad hacia aquellos que no dominan el idioma que él sí? Puede ser. Aunque en mi caso yo diría que se trata más de una vocación de intérprete. Así como a muchas personas les nace transmitir el significado de un poema a través de un análisis, a mí me nace hacerlo a través de algún otro idioma. Sin mencionar que es un ejercicio sumamente entretenido para el cerebro, ¡créanme!

Pero, les confieso, he sido criticada por un par de amigos. Y es que realmente la traducción tiene varios contras. Empezando por lo más básico: escuchen a dos personas hablando dos idiomas distintos que ustedes no conozcan. A pesar de que a ninguna de las dos le entenderán un rábano, les resultará evidente que ambos idiomas suenan distinto. Y es un hecho: cada idioma cuenta con una gama diferente de sonidos. Y eso, al traducir, sobre todo cuando se trata de un poema o de una canción, es crucial. Vean esto:

A algunos éstas traducciones les causarán gracia; a otros, cólera. Un amigo lo vio y me dijo “guao… qué horrible”. Yo lo vi y pensé “guao… qué genial”. Ya ven. (Por cierto, no les pongo los originales porque imagino que la mayoría los conocerán.)

Pero volviendo a lo que decía sobre las gamas de sonidos: el inglés no lleva la erre a la garganta como el alemán o el francés, lo cual le da un efecto completamente distinto al todo. Además, de todos los idiomas que conozco, el inglés es el más capaz de decir mucho en pocas sílabas (porque es el que tiene más palabras monosílabas). Por eso, en la época de los Beatles y los Rolling Stones, adquirió el sobrenombre del “idioma para el rock”. Además, las letras no reflejan una traducción literal. Y es que, sobre todo en el caso de las canciones, el traductor se ve obligado a sacrificar la semántica a cambio de que la nueva letra quepa perfectamente en el número de sílabas que tiene a disposición.

Esto, en el caso de los poemas, puede variar, porque no hay una música que nos limite. Sin embargo, uno debe procurar que la métrica sí acompañe y que, en la medida de lo posible, enfatice el efecto de las palabras. Para muestra les dejo mi traducción del soneto 105 de Shakespeare:

A quien le interese un poco el aspecto técnico de la traducción: aquí he tenido que reemplazar el “blank verse” (diez sílabas métricas por verso) por una variante más común en el español y más sencilla de lograr en nuestro idioma a mi parecer: el verso endecasílabo (once sílabas métricas). La gravedad del asunto la entenderá cualquiera que haya aprendido que el “blank verse” es algo sumamente típico para un soneto shakesperiano. Deshacerse de esa característica fue, para decirlo amablemente, una decisión dolorosa. En este punto quisiera agregar que soy consciente de que no faltarán los fans de Shakespeare que salgan a decir que, no sólo por la variación en la métrica, sino en general por el hecho de traducir el poema, se le quita la escencia, se pierde el significado original, el sentimiento con el que fue creado. No podría estar yo más de acuerdo: así como defenderé a capa y espada que las traducciones de Edgar A. Poe al francés no pueden ser mejores que los originales aunque las haya hecho Charles Baudelaire o cualquier otro genio de la palabra, jamás pretenderé que una traducción resulte mejor que su original. Siempre será diferente, algo perderá y algo ganará y, de manera ideal, ambas versiones serán estéticamente comparables.

Quiero terminar contándoles una anécdota: cuando Mozart compuso La Flauta Mágica, lo hizo en alemán para demostrar que las óperas no sólo podían ser bellas si se escribían en italiano, que era lo que se pensaba en la época. La belleza y el consecuente éxito de su obra rompió con algunos de los prejuicios de entonces. Y yo creo que nosotros también podríamos acostumbrar un poco el oído a dejarse de mañoserías y escuchar otros idiomas con la mente un poco más abierta. Por ahí que nos sorprenden, ¿no?

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Sobre la choledad

16 Mar

Viendo una entrevista en el canal de YouTube de Luis Carlos Burneo (AKA Henry Spencer), comencé a reflexionar sobre este asunto de la choledad y el choleo en el Perú. Ante todo, es necesario decir que el tema de la choledad y el choleo tiene para rato y no puede tratarse de cabo a rabo en un artículo de blog. A esto agrego que no soy estudiante de antropología, ni de etnología, ni de sociología, ni vivo actualmente en el Perú. Sin embargo, me gustaría compartir mis impresiones al respecto, ya que considero necesaria una discusión clara, directa y sin tabúes del asunto, una que (muy para pena mía) no he encontrado aún.

Existen varias fuentes que hablan sobre la etimología de la palabra. En un artículo reciente de El Comercio leí que Martha Hildebrandt (una respetada lingüista peruana) decía que no se conocía exactamente su origen. Por otro lado, el Inca Garcilaso de la Vega explica que, durante la colonia, tuvieron que inventarse nuevas denominaciones para las nuevas razas que nacían del mestizaje y que así nacería el término “cholo”, el mismo que el Inca define de la siguiente manera: “Al hijo de negro y de india, o de indio y de negra, dicen mulato y mulata. A los hijos de éstos llaman cholo; es vocablo de la isla de Barlovento; quiere decir perro, no de los castizos (raza pura), sino de los muy bellacos gozcones; y los españoles usan de él por infamia y vituperio.” Siguiendo con la lista, la RAE indica que el cholo es el “mestizo de sangre europea e indígena” – con lo cual, por cierto, no especifica la generación del mestizaje. Otras fuentes que encontré indican que “cholo” se les decía más bien a los hijos de indio y mestiza o de india y mestizo (siendo el mestizo o mestiza un hijo de indio con española o al revés).

Todas las fuentes indican que el término se refiere, de una manera u otra, a una persona de ascendencia indígena sudamericana. Además, algo que quisiera rescatar del texto del Inca Garcilaso de la Vega es el hecho de que el término era originalmente utilizado con desprecio y que incluso se refería (según el Inca) a los perros que no son de raza pura.

Teniendo esto en cuenta en cuanto a lo que al origen de la palabra se refiere, quisiera referirme ahora a su uso, cuya historia es un poco más complicada. Lo que a mí me ha llegado a través de mi madre (sí, creo que sobre todo a través de ella) y también a través de la cultura en la que me he movido, es esto: el cholo es alguien de mal gusto o de costumbres y/o comportamientos de mal gusto o inapropiados (“Ay, no seas chola, cómo te vas a vestir así”, “Míralo cómo maneja, ¡cholo tenía que ser!”).

Vemos claramente que el vocablo ha sufrido una transformación semántica. ¿Cómo se dio esta evolución? La respuesta me resulta dolorosamente sencilla: idiomáticamente, hemos heredado la idea de que todo aquello proveniente de las razas nativas, todo lo que no es puramente español y que, consecuentemente, no es blanco, es de mal gusto.

De más está decir que este asunto se remonta al momento del choque entre las culturas europea e indígena. Es posible, si nos apoyamos en el texto de Garcilaso, que la palabra haya nacido durante la Colonia. Sin embargo, el desprecio que se esconde en ella es algo que viene desde antes: es un desprecio que nos llega desde que los españoles se encontraron con tribus de “salvajes incivilizados” a los cuales había que civilizar, desde que los curas cristianos debatían sobre si el indio tenía alma o no, sobre si valía la pena perdonarles la vida o no, y desde que decidieron hacerles creer a las nuevas generaciones indígenas (y mestizas) que la vieja cultura europea era, de lejos, mejor y más avanzada que la suya propia, destruida deliberadamente por aquellos conquistadores.

Muchos querrán (o a lo mejor sentirán incluso la tonta obligación moral de) refutar esto, porque suena y se ve muy mal que se diga que, en pleno siglo XXI, estemos prolongando un racismo centenario. Pero seamos francos: el término “cholo” ha evolucionado dentro un contexto social en el que gran parte del sector adinerado peruano puede remontar su tradición aristocrática (entiéndase: su riqueza y autoridad) a una ascendencia española. Vean nada más la lógica que guardaría el estereotipo: los ricos blancos, los cholos pobres; los españoles conquistadores, los indios conquistados. Y como ejemplo cortísimo, basta con preguntarles los apellidos a los habitantes de los asentamientos humanos y luego hacer lo mismo con las familias de San Isidro. ¿Dónde creen que encontrarán más Quispes, Chambis y Choques y dónde más Rodríguez, Mirós y Alvarados? Pues ya ven.

“La historia la escribe siempre el que gana la guerra.” Y en nuestro caso, ya que el idioma también nos lo impusieron, podemos pensar que fue la necesidad de los aristócratas (ex-conquistadores) de diferenciarse del pueblo física, jerárquica y, sobre todo, culturalmente, la que generó esa primera evolución semántica de la palabra que nos hace pensar en el cholo típicamente inculto, de mal vestir y de mal hablar, en el cholo típicamente de mal gusto, en el cholo típicamente pobre o incluso – en los casos más graves – en el cholo satanizado como traicionero y ambicioso. Aquí cabe mencionar que estos estereotipos se hallaron constantemente avalados por el hecho estadístico de que eran las personas de ascendencia indígena (o de ascendencia no española) las que típicamente han tenido menos acceso a la educación, a posiciones socio-económicas elevadas, etc.

Obvio, luego vino la independencia, la república, teníamos otras cosas más importantes en qué pensar. Pero igual seguimos usando el “cholo” hasta que sucedió algo curioso: las dos acepciones del vocablo se desprendieron y, por un lado, (creímos que) olvidamos la parte del racismo despectivo para quedarnos sólo con el significado de lo inculto, lo de mal gusto, lo malo. Por otro lado, nos quedamos meramente con la acepción racial de la palabra. De aquí que haya quienes dicen que “cholo” no es un insulto, que se refiere meramente al color de la piel, que es como decir “negro”, que a lo mejor antes, en los tiempos del racismo, era un insulto, pero que ahora no tiene por qué ser tomado a mal.

No lo desmiento: efectivamente hay quienes dicen “cholo” sólo para referirse a la persona de mal gusto, y hay quienes lo dicen para referirse a la persona de rasgos indígenas. El problema es que estos dos usos a veces se funden y se confunden. Un claro ejemplo es el blogger autodenominado “El Maestro”, quien se autoproclama no racista y escribe las siguientes líneas:

Cuando el cholo ignora su condición, es común que trate de ingresar a locales reservados para gente decente. (…) Mi perro orina en el inodoro y jala la palanca. Pero cualquier persona, y con mucha razón, prefiere que el perro no entre a su local, pues la mayoría de los perros no han aprendido este comportamiento socialmente aceptable (para los humanos, no para los perros). Fuera del hecho de que pocos cholos saben orinar dentro de la taza y ninguno jala la palanca, hay muchas razones por las que los dueños no querrán permitir el ingreso de indígenas en su local (sí, dije indígenas, no cholos; ver más adelante, y ver Preguntas Frecuentes). (…) El estado toma medidas similares en cuanto a la conducción de vehículos bajo efecto del alcohol. No todas las personas con alcohol en la sangre van a causar un accidente, pero es preferible no dejarles manejar porque estadísticamente causan más accidentes. De la misma manera, estadísticamente los indígenas en el Perú son más pronos a este tipo de conducta. Por ende, si eres uno de esos pocos indígenas que no son cholos, no te ofendas la próxima vez que te nieguen el ingreso a un local. Es por la seguridad de todos.

Como ya dije, hemos heredado idiomáticamente el concepto de que lo indígena es de mal gusto. Inconscientemente, aceptamos esa relación “lógica” y decimos “cholo tenías que ser” creyendo que nos referimos al cholo de mal gusto cuando, en el fondo, nos estamos refiriendo también al indígena, al que se le dice “cholo” por desprecio.

Ojo: no pretendo criticar a todo aquél que haga uso de la palabra “cholo” porque, efectivamente, su uso no siempre tiene que estar cargado de desprecio obligatoriamente. Ha habido una segunda evolución semántica que me interesa explicar. No sé cuándo se llevó a cabo, aunque yo me imagino que se dio casi inmediatamente después de la creación del vocablo “cholo” y que se propagó con los movimientos modernos de igualdad, de antirracismo.

Es ese uso del “cholito” con cariño. Y su evolución es muy fácilmente explicable: consiste en convertir un insulto en una palabra inofensiva y hasta afectuosa para 1) burlarme de quienes utilizan el insulto en mi contra y que éste así no me duela tanto y/o 2) para ayudarme a asumir más fácilmente mi condición de insultado. Sería equivalente a que yo y mis demás compañeros latinos en el extranjero empezáramos a llamarnos “sudacas” entre nosotros, con cariño y como una especie de burla hacia quienes nos discriminan utilizando el término despectivamente.

Lamentablemente, a pesar de los usos cariñosos e inofensivos del vocablo en cuestión, aún hay algo de tela por cortar, ya que yo no creo que el desprecio escondido en la palabra “cholo” se haya desvanecido por completo. Puede ser, en mi opinión, que se haya diluido en nuestro subconsciente y que siga ahí, latente, sin que nosotros lo notemos. Y es importante tomar consciencia de esto porque las palabras no son sólo palabras: nuestro idioma define, de una manera sutil, nuestra forma de pensar y de razonar. Y los lingüistas saben que mientras más sutiles sean las acepciones en un idioma, mientras menos se noten, tanto más profundamente arraigadas se encuentran en la mente porque ésta las da más por sobreentendidas. Y creo que éste es el caso del “cholo”.

En este aspecto, me gustaría ver que los medios de comunicación colaboraran más activamente en la superación de esta traba. Modelos de rasgos mestizos en los anuncios o diseños inspirados en patrones nativos serían ejemplos de que nuestros estándares estéticos se están moviendo y, como seguramente ya muchos lo han notado y dicho, un gran avance.

En el video que mencioné al inicio se dice que todos los peruanos llevábamos un cholo dentro. Más allá del hecho de que “el que no tiene de inga, tiene de mandinga”, no creo que él se haya estado refiriendo al sentido etimológico original de la palabra, sino al uso que le damos hoy en día: el cholo es aquél cuyos gustos y costumbres están impregnados de matices indígenas, de matices cholos pues.

En este sentido, ser cholo es tan bueno o tan malo como ser blanco, chino, negro, indio o lo que sea. La diferencia es que cada peruano tiene una herencia cultural que indiscutible e innegablemente engloba también esos matices amerindios. Todos tenemos algo de cholo. Y a mucha honra, sí señor.

¿Por qué sentimos celos los humanos? Parte III.

27 Ago

Muchas gracias a quienes hayan seguido esta pequeña saga desde su inicio. A quienes hayan llegado aquí sin leer las partes anteriores en que discutimos el tema en cuestión, les ruego hacer clic en los respectivos links para leer la parte I y la parte II de “¿Por qué sentimos celos los humanos?” A continuación presento la tercera y última parte de mi apreciación con respecto a este polémico tema.

Como confesé en el artículo anterior, a pesar de que a primera vista pueda parecer así, los celos no son una expresión de la monogamia. No señores, no lo son; ni siquiera los celos de pareja. Parecía lógico pensar que el sentido de individualidad que tenemos los humanos podría obligarnos a querer mantener una relación única con una persona a la que reconocemos como única.

Pero si los celos fueran solamente una expresión de la monogamia, sería inconcebible que, por ejemplo, un sultán cele a cada una de las mujeres de su harem, lo cual es completamente posible en ese y también en otros casos de relaciones polígamas menos oficiales. Otro argumento en contra de aquella conclusión es que, como dije en el artículo anterior, podemos sentir celos por personas con quienes no mantenemos una relación de monogamia: nos ponemos celosos porque nuestro mejor amigo se diviertió más con otra persona, porque nuestra mascota le movió más la cola al invitado, o porque la tía Gertrudis resaltó más las virtudes de los primos que las nuestras.

Vemos así, que el asunto es más profundo de lo que aparentaba. Los celos son una expresión de nuestra necesidad de apoderarnos de aquello que amamos. Y para saber si son naturales o no, tendríamos que preguntarnos si aquella necesidad es algo natural o algo artificial. Pero quisiera dejar esta pregunta de lado por un momento para concentrarme más bien en encontrar la fuente de aquella necesidad y, a partir de eso, decidir si se trata de algo propio de nuestra naturaleza o de algo aprendido.

Mantengo la idea de que los celos son en gran medida ocasionados por este sentimiento de individualidad que poseemos los humanos. Y es que este sentimiento es una cosa realmente curiosa porque no es ni “bueno” ni “malo” (o a lo mejor es ambos). Lo que sucede es que es maravilloso saber que no hay alguien igual a ti, tú eres único, realmente irremplazable. Pero es a la vez angustiante saber que no hay nadie exactamente igual porque eso significa que estás solo, absolutamente solo en tu particular forma de ser.

Es interesante que la toma de consciencia de este hecho haya sucedido en la historia evolutiva del hombre tal como sucede nuevamente en cada uno de nosotros cuando somos niños. Verán, cuando nacemos, no vemos la diferencia entre nosotros y nuestra ropa, o entre nosotros y nuestra madre. Para el niño, todo forma parte de una gran unidad. Pero llega un momento en que sentimos frío o hambre y nos damos cuenta de que falta la ropa o, peor aún, falta la madre para alimentarnos. Entonces es cuando empezamos a reconocer nuestro propio yo, separado del resto. Lo hacemos a través de una forma de sufrimiento y vaya que nos sentimos solos y desamparados en ese momento.

Pero el recuerdo no se almacena a un nivel consciente – a esa edad todavía no hemos aprendido a recordar de cualquier manera. Lo que nos queda es un lastre en el subconsciente que se suma al que ya teníamos en los genes. Y ese lastre, esa sensación de desamparo y de separatividad, de estar inexorablemente solos, es la que nos genera la necesidad de estrechar lazos… a toda costa.

Queremos unirnos con alguien y al lograrlo y luego vernos potencialmente reemplazados, nos angustiamos ante la idea de perder esa conexión que logra que dejemos de sentirnos solos en el mundo. Por lo tanto, nuestra primera reacción es “proteger” esa conexión a toda costa; pero precisamente, es una “primera” reacción, o una reacción primaria, si se quiere; una primitiva, porque nos hace creer que proteger esa conexión significa evitar el contacto entre la persona con quien la compartimos y el resto del mundo.

Pero no es así: todos sabemos que para cuidar una relación, lo primero que tenemos que cuidar es nuestro propio desarrollo personal; también sabemos que realmente no estamos solos y desamparados y que no necesitamos que nuestros amigos y familiares sean exclusivos para que nosotros seamos irremplazables. Sí, respuesta obvia: al final es cuestión de madurez.

Entonces, ¿son los celos naturales o no? Yo diría que son un poco de ambas. Naturales porque nacen de un proceso natural en la vida humana, y artificiales porque no son propios de una naturaleza completamente desarrollada, sino más bien de una etapa primitiva del hombre.

Nota final: no a la justificación de los celos bajo la excusa de que son naturales y sí a la lectura de ensayos como “El arte de amar”, gracias al cual pude aclarar muchas ideas con respecto a este tema. ¡Gracias, Erich Fromm!

¿Por qué sentimos celos los humanos? Parte II.

5 Ago

Ésta es la segunda parte de la saga de “¿Por qué sentimos celos los humanos?”. A quienes por razones equis hayan llegado a este sitio sin leer la primera parte, quisiera –con su favor- interrumpirlos y pedirles encarecidamente que hagan clic aquí para que puedan enterarse cabalmente del tema en discusión. Habiendo resuelto estos asuntos organizatorios, prosigo con el artículo.

“Yo soy tuy@ y tú eres mí@ y en este plato nadie más tiene por qué meter su cuchara”. Ésta fue la conclusión a la que llegué en la sección anterior gracias a mis investigaciones caseras. En otras palabras, concluí que los celos son una expresión de la monogamia. Esto, por supuesto, aplicado a los celos de pareja para efectos prácticos. Es así que ahora, para averiguar si los celos son inventados o naturales, me veo en el deber de responder la siguiente pregunta lógica: ¿es la monogamia una cosa inventada por el hombre o es más bien natural?

Definamos primero la monogamia. Según la Real Academia Española, la monogamia es un “régimen familiar que veda la pluralidad de esposas.” Sí, yo también me sorprendí con esta definición ya que presenta una perspectiva masculina. Para sacarlos de la duda, les presento la definición de “poligamia” sacada de la misma fuente: “Régimen familiar en que se permite al varón tener pluralidad de esposas.” Nuevamente tenemos la perspectiva masculina. No quiero perder mucho tiempo repitiendo los ya bien conocidos chistes acerca del machismo en la lengua española, así que pasaré al siguiente paso que consiste en modificar un poco la definición “oficial” de lo que es la monogamia: para mí, un monógamo – independientemente de su género – es aquél que se permite a sí mismo tener un sólo cónyuge (sí, se escribe cónyuge; no conyugue) mientras que un polígamo, pues, se permite tener varios.

Muy bien, pasemos ahora a los jugosos argumentos. Muchos dirán que la monogamia, al igual que la poligamia, es, tal como lo dicen los señores de la RAE, un régimen, es decir, algo impuesto por el hombre. Así como los países tradicionalmente cristianos o católicos tienden a tomar la monogamia como su régimen oficial, algunos países tradicionalmente musulmanes toman a la poligamia como tal. Esto nos indicaría que ninguna de ellas es un resultado natural de la evolución o de la civilización humana, sino que son circunstancias del azar, elecciones fortuitas y aleatorias de alguna autoridad en algún momento histórico.

Pero la (clase de) historia siempre nos muestra que las cosas son más complicadas – o más lógicas – de lo que nos gustaría que fueran y el caso de la poligamia en países como Arabia Saudita y los EAU no es la excepción. Resulta que allá por los años 600, cuando Mahoma y compañía se propusieron conquistar tierras para propagar la religión islámica a través del Yihad, muchos hombres morían en la guerra, dejando a sus respectivas esposas viudas y a sus hijos, huérfanos. No sé si la visión de la época era realista, machista o sobreprotectora con respecto a las mujeres, pero la idea de una mujer sola y con hijos le parecía un desamparo al buen Mahoma, imagino que sobre todo debido a que las mujeres en la época no trabajaban, de manera que no tenían cómo sustentar a una familia económicamente a menos que tuvieran un marido. Por eso, y para protección de las mujeres de su sociedad, Mahoma decretó que todo hombre cuyo hermano o hijo muriera en la guerra dejando a una viuda, se hallaba en la obligación legal de casarse con ella. Vemos así que la poligamia musulmana nació de una intención -a mi parecer- muy sincera y noble. [Para mayor información sobre el estado actual de la poligamia en países musulmanes, hagan clic aquí.]

¿Podría la monogamia haber nacido de un razonamiento lógico de índole similar? Quizás hay algo en ella que no terminamos de entender, algo que estamos pasando por alto. Preguntémonos: si la monogamia tuviera algún sentido, ¿qué sentido tendría? O veámoslo así: si los humanos fuéramos por naturaleza monógamos, aquello nos distinguiría de (la gran mayoría de) los animales. ¿Qué podría haber en nuestra naturaleza que nos distinguiera de los animales y que a la vez pudiera convertirnos en seres monógamos? Aquí mi respuesta: nuestro sentido de individualidad.

Así es, los humanos somos las únicas criaturas sobre la faz de la tierra que han tomado consciencia del hecho de que no hay dos seres. A pesar de compartir más del 98% del código genético con nuestros congéneres humanos y – si no me equivoco – más del 90% con otros mamíferos, sabemos que no es lo mismo conversar con Juanito que con Pepito y que no da igual casarse con Fulana que con Sutana; vaya, ni siquiera nos da lo mismo nuestro perrito que el del vecino, ¿o sí? Poseemos un sentido de individualidad que nos hace querer ser reconocidos como individuos irrepetibles y, sobre todo, irremplazables. Así que sí, muy bonito, nada mejor que una conclusión limpia, lógica: la monogamia está en la naturaleza del hombre debido a su sentido de individualidad.

Sin embargo, hay una falla en esta conclusión, y es que de hecho sí existen personas que no tienen ningún problema con mantener varias relaciones a la vez, ni con que sus parejas las mantengan. Es decir, polígamos por naturaleza. Dichas personas son capaces de amar y respetar a cada una de sus parejas y de sentir una conexión diferente con cada una de ellas, apreciarlas a todas como los seres humanos que son y reconocer en cada una de ellas a alguien valioso. Si dijéramos que la monogamia realmente está en la naturaleza del hombre, prácticamente estaríamos excluyendo a estos “polígamos naturales” de la raza humana, lo cual no sería lógico …ni políticamente correcto, ja.

Dos cosas quedan por decir: la primera es que realmente existen monógamos y polígamos por naturaleza y que lo más sensato es, luego de averiguar con qué tipo de relación nos sentimos más cómodos, emparejarnos con aquellos que gusten de relaciones similares. La segunda es que las razones por las que polígamos y monógamos naturales coexisten en una misma realidad son más o menos extensas como para discutirlas en este mismo artículo. De manera que, para la curiosidad de mis lectores, dejaré este tópico para la última parte de esta saga de los celos.

Como un pequeño adelanto, haré una confesión: la conclusión a la que llegué acerca de los celos en el primer artículo (la misma que tomé como punto de partida para este) no es del todo correcta. Sé que para efectos prácticos me limité a hablar de los celos de pareja, pero seamos realistas: se pueden sentir celos por un amigo, por un familiar, por una mascota… por seres con los cuales no compartimos una relación “monógama”. De manera que los celos, en sí, no pueden ser una expresión de la monogamia. Serían más bien una expresión del deseo de la posesividad humana. Este deseo es el que discutiré en el próximo artículo. Hasta entonces, ¡gracias por leernos!

¿Por qué sentimos celos los humanos?

5 Jul

Me preguntaba si los celos (sobre todo los celos de pareja) eran una cosa primitiva, heredada de nuestra etapa animal o más bien algo aprendido, impuesto por la sociedad.

Al plantearles la pregunta a diferentes personas de mi entorno, la mayoría me respondió – casi sin pensarlo – que definitivamente tenían que ser primitivos. La respuesta no me convencía, sobre todo por la simpleza. Continué inquiriendo, entonces, argumentando que si los celos eran heredados de una etapa animal, deberían ser hallables en otros animales. Uno de mis inquiridos me respondió que esto no tendría por qué ser así necesariamente, ya que en el proceso de evolución, los humanos nos habíamos separado de los animales, siguiendo un camino diferente. En otras palabras, un mono no es una versión primitiva del hombre, sino un animal producto de un proceso de evolución totalmente distinto.

De manera que, para salir del callejón sin salida, me vi obligada a definir qué son los celos. Para la facilidad de mis interlocutores, expuse la pregunta de la siguiente manera: los celos son una voz interior que le dice al experiencer … (llene el espacio). Obtuve respuestas tanto hilarantes como interesantes, del tipo “¡¡MÁTALAAA!!”, “Es MI fruta, condenado primate”, “Alguien me está quitando mi lugar” o “Estoy perdiendo algo que quiero”. De las opiniones recolectadas (incluyendo la mía) llegué a la conclusión de que los celos son algo así como una expresión de la necesidad de poseer un objeto (ojo que con “objeto, no quiero decir un ente inanimado, sino un algo sobre el cual ejercemos una acción). Y terminé por definir los celos – para efectos prácticos, los de pareja – de esta forma: tú eres mí@ y yo soy tuy@ y en este plato nadie más tiene por qué meter su cuchara. Para mi sorpresa y contento, todos mis encuestados estuvieron muy de acuerdo con esta definición.

Entonces, habiendo mirado más de cerca lo que son los celos, vi que en el fondo no son más que una consecuencia/expresión de la monogamia. Y entonces surgió la siguiente pregunta, la decisiva, la que estuvo flotando en el aire desde el comienzo de esta empresa: Para saber si los celos son naturales o aprendidos, necesitamos saber si la monogamia es natural o aprendida.

Y dado que la pregunta merece más espacio que el que le resta a este artículo antes de hacerse tedioso al lector, daremos tiempo a recibir comentarios suyos al respecto hasta al próximo post: ¿Es la monogamia natural o aprendida?

¿Por qué despreciamos la cultura popular?

5 Jul

Hace unos días tocamos el tema de cultura popular en la universidad. El profesor indicó: “Sólo se puede hablar de cultura popular bajo la premisa de que existe una alta cultura como concepto opuesto. A partir de ahí podemos empezar a elaborar tesis acerca de la existencia, de las características y de las funciones de la cultura popular”.

Pues bien. Digamos que la cultura popular es aquello que está al alcance del pueblo. Creo que no es necesario mencionar los nombres de quienes postularon las diferentes tesis con respecto a la cultura popular, ya que muchos de nosotros seguramente nos habremos encontrado con sus posiciones de una u otra manera en nuestras vidas. Por un lado tenemos a quienes desprecian la cultura popular, quienes dicen que todo aquello que llega a manos del pueblo es desennoblecido, devaluado, destrozado. Incluso si lo que llega al pueblo es la novena de Beethoven, el pueblo no podrá apreciarlo y si logra producir música, será sólo una burda imitación de la alta cultura, pero careciente de verdadero entendimiento. Por otro lado, tenemos a quienes afirman que toda cultura, alta o popular, es apreciable en todo sentido. Que ya sea que hablemos de La flauta mágica de Mozart o de Blitzkrieg de los Ramones, debemos estimarlos con igual valoración. Finalmente están los que delegitimizan la pregunta sobre el crédito de la cultura popular, afirmando que ésta no tiene más que la función inmediata de divertir y entretener. Es una cuestión de “¿me gusta o no me gusta?” y ya.

Finalmente queda en la boca el sabor amargo de no haber llegado a ninguna conclusión. Sólo tenemos un montón de teorías que acreditan o desacreditan a la cultura popular sin mayor punto de apoyo que el de la condición del vulgo para comprender y producir arte o ciencia. Pues he aquí algo un poco novedoso:

Habría que empezar por definir lo que es la cultura: si la cultura – que por cierto, viene de “cultivar” – es algo que nos debe hacer crecer, como el cultivo hace crecer a las plantas, nos veríamos obligados a diferenciar entre cultura popular y conocimiento de las masas. No podríamos meter en el mismo saco todo aquello que está al alcance de la recepción y producción de la mayoría. Cultura popular sería todo aquello que está a su alcance y que a la vez contiene una dosis de sabiduría, de inteligencia, vaya, de cultura; de algo que nos haga crecer como seres humanos.

Encuentro, por ejemplo, que muchos refranes (propiedad por excelencia de la cultura popular) contienen una gran sabiduría: ¿De qué sirve enojarse cuando las cosas nos van mal? Más inteligente y práctico es abordar las vicisitudes con ánimo y madurez, si ya sabemos que “a mal tiempo, buena cara”. Por otro lado, la idea de que la tierra es plana, era parte de la cultura popular antes de que Colón descubriera América, y no por eso ayudó al progreso de la ciencia o de la alta cultura.

Vemos así que un conocimiento masivo no necesariamente es cultural (sabio, inteligente).  Y entonces la pregunta relevante aquí es: ¿cómo aplicamos esto a nuestras circunstancias actuales? ¿Cómo sabemos qué es cultura popular y qué es conocimiento masivo hoy en día? Pues esta es la parte bella: no lo sabremos con seguridad, sino que dependerá de la percepción de cada uno de nosotros y cada uno de nosotros tendrá que encontrar argumentos propios para considerar cultural a tal o cual artista. Algunos podrán argumentar que los Ramones no son comparables con la novena de Beethoven y que Quino no es equiparable a Shakespeare, mientras que otros dirán que sí.

Sé que no estamos acostumbrados a valorar una incertidumbre como algo bello ya que siempre queremos respuestas claras, pero debemos ser capaces de ver más allá: al aceptar este nuevo concepto de cultura popular, no sólo estaríamos tomando consciencia de que del vulgo puede surgir belleza y sabiduría, sino también de que ésta belleza y sabiduría son de un carácter subjetivo que puede ser apreciado por diferentes personas en diferentes medidas. Y, tomando consciencia de esto, estaríamos más abiertos a escuchar opiniones diferentes sobre obras diferentes en diferentes medios.  ¿No les parece posible que descubramos la clave de la tolerancia cifrada en esta nueva apreciación de la cultura popular?