Archivo | abril, 2011

El dilema del traductor

23 Abr

Como les comentó Roberto con motivo de la publicación de mi traducción del Canto Coral a Túpac Amaru, uno de mis hobbies es traducir. Además de ser una afición – casi enfermiza – mía, la considero un asunto de lo más interesante y quisiera compartir con ustedes un par de impresiones al respecto.

¿Cuál es la receta para traducir? Básicamente, necesitamos tres ingredientes: 1) el texto en cuestión a ser traducido; 2) conocimiento suficiente del idioma en que fue escrito y 3) conocimiento suficiente del idioma al que lo vamos a traducir. Utilice un poco de sentido común y buen gusto para aderezar.

Claro que no es lo mismo traducir una canción que un manual de usuario, ni es lo mismo traducir un cuento que un anuncio de propaganda. Cada traducción tiene sus propias demandas: el texto legal exigirá la traducción más literal posible, el poema pretenderá conservar la rima y la métrica, lo mismo que las canciones, el cuento tendrá que transmitir las mismas sensaciones, y así. Mis favoritas son las así llamadas “traducciones literarias”, es decir, las de textos literarios (pues duh…). Y como mientras más cortos los textos, más fácil de abarcar visualmente resulta la traducción, es de imaginarse que termino traduciendo canciones y poemas más que nada.

Pero ¿por qué traducir? O, cambiando primero de perspectiva, ¿por qué leer una traducción? Digamos que me gusta, no sé, Khalil Gibrán. Yo, lamentablemente, no hablo árabe. Sin embargo, he escuchado grandes halagos a la belleza de los textos escritos por Khalil Gibrán y me gustaría conocerlos. De manera que no me queda más remedio que leer la traducción. ¿Y qué es lo que mueve al traductor? ¿Un sentimiento de solidaridad hacia aquellos que no dominan el idioma que él sí? Puede ser. Aunque en mi caso yo diría que se trata más de una vocación de intérprete. Así como a muchas personas les nace transmitir el significado de un poema a través de un análisis, a mí me nace hacerlo a través de algún otro idioma. Sin mencionar que es un ejercicio sumamente entretenido para el cerebro, ¡créanme!

Pero, les confieso, he sido criticada por un par de amigos. Y es que realmente la traducción tiene varios contras. Empezando por lo más básico: escuchen a dos personas hablando dos idiomas distintos que ustedes no conozcan. A pesar de que a ninguna de las dos le entenderán un rábano, les resultará evidente que ambos idiomas suenan distinto. Y es un hecho: cada idioma cuenta con una gama diferente de sonidos. Y eso, al traducir, sobre todo cuando se trata de un poema o de una canción, es crucial. Vean esto:

A algunos éstas traducciones les causarán gracia; a otros, cólera. Un amigo lo vio y me dijo “guao… qué horrible”. Yo lo vi y pensé “guao… qué genial”. Ya ven. (Por cierto, no les pongo los originales porque imagino que la mayoría los conocerán.)

Pero volviendo a lo que decía sobre las gamas de sonidos: el inglés no lleva la erre a la garganta como el alemán o el francés, lo cual le da un efecto completamente distinto al todo. Además, de todos los idiomas que conozco, el inglés es el más capaz de decir mucho en pocas sílabas (porque es el que tiene más palabras monosílabas). Por eso, en la época de los Beatles y los Rolling Stones, adquirió el sobrenombre del “idioma para el rock”. Además, las letras no reflejan una traducción literal. Y es que, sobre todo en el caso de las canciones, el traductor se ve obligado a sacrificar la semántica a cambio de que la nueva letra quepa perfectamente en el número de sílabas que tiene a disposición.

Esto, en el caso de los poemas, puede variar, porque no hay una música que nos limite. Sin embargo, uno debe procurar que la métrica sí acompañe y que, en la medida de lo posible, enfatice el efecto de las palabras. Para muestra les dejo mi traducción del soneto 105 de Shakespeare:

A quien le interese un poco el aspecto técnico de la traducción: aquí he tenido que reemplazar el “blank verse” (diez sílabas métricas por verso) por una variante más común en el español y más sencilla de lograr en nuestro idioma a mi parecer: el verso endecasílabo (once sílabas métricas). La gravedad del asunto la entenderá cualquiera que haya aprendido que el “blank verse” es algo sumamente típico para un soneto shakesperiano. Deshacerse de esa característica fue, para decirlo amablemente, una decisión dolorosa. En este punto quisiera agregar que soy consciente de que no faltarán los fans de Shakespeare que salgan a decir que, no sólo por la variación en la métrica, sino en general por el hecho de traducir el poema, se le quita la escencia, se pierde el significado original, el sentimiento con el que fue creado. No podría estar yo más de acuerdo: así como defenderé a capa y espada que las traducciones de Edgar A. Poe al francés no pueden ser mejores que los originales aunque las haya hecho Charles Baudelaire o cualquier otro genio de la palabra, jamás pretenderé que una traducción resulte mejor que su original. Siempre será diferente, algo perderá y algo ganará y, de manera ideal, ambas versiones serán estéticamente comparables.

Quiero terminar contándoles una anécdota: cuando Mozart compuso La Flauta Mágica, lo hizo en alemán para demostrar que las óperas no sólo podían ser bellas si se escribían en italiano, que era lo que se pensaba en la época. La belleza y el consecuente éxito de su obra rompió con algunos de los prejuicios de entonces. Y yo creo que nosotros también podríamos acostumbrar un poco el oído a dejarse de mañoserías y escuchar otros idiomas con la mente un poco más abierta. Por ahí que nos sorprenden, ¿no?